HISTORIA DE LINA Capítulo 9: I'm no longer mentally ill
Ese día fue a la escuela, para lo cual nos estábamos encontrando con el Papá en el puente Guayasamín. Para mí, nos estaba yendo bien con ese arreglo. Yo llevaba en el carro los cupcakes que ella cocinó la noche anterior, porque eran supuestamente por el cumpleaños de alguna amiguita, y sabía que no ibamos a alcanzar a regresar.
Estuvo en la escuela, y estuvo bien según el Papá, habían conversado, se habían reído. Ella me contó más tarde que hubo un simulacro y que los bomberos estuvieron en la escuela.
Yo puse en el whatsapp la foto de los cupcakes para ver si alguien quería comprar, pero ella me dijo que no porque eran para la amiguita, pero que no le había contestado todavía. Yo estaba esperando, pero nunca me dijo cuál era el plan. Entonces yo hice un plan, estaba entre llevarle esa tarde a psicología o llevarle al oftalmólogo y como era el último día de cobertura del seguro, decidí el segundo.
Le recogí del puente Guayasamín, iba escuchando un webinar sobre un intercambio estudiantil al que ella sugirió que quería entrar. Ella dijo que talvez quería viajar, ver cómo era el mundo, ver cómo eran las cosas en otros lugares. Yo tenía mis reservas por su situación actual, pero quedamos en que íbamos a revisar los requisitos al llegar a la casa.
La oftalmología era en la clínica Pichincha. Había unos “cuidadores de carros” bien malandrosos. Entramos donde la oftalmóloga. Ella le confundió con un chico, y yo le hice un pulgar arriba. Mientras le medían la vista yo le tomé una foto, porque estaba con mascarilla y me pareció chistoso. Esa es la última foto que tengo de ella. Tenía supuestamente un estrabismo que en un punto nos dijeron que era de operación, pero aparentemente había desaparecido, y le dieron el alta por oftalmología.
A la salida hablamos de que le habían confundido con chico y repasó los mejores halagos que le habían hecho: “tienes aire de bonito” y “eres como la Marli”. Los dos se los hice yo.
En el camino a casa ibamos escuchando la música de Encanto, y sonó una versión karaoke de la primera canción. Ella se sabía de memoria y cantó.
Al llegar a la casa me di cuenta de que me había olvidado mi mochila en el consultorio de la oftalmóloga. Decidí decirle a mi esposo que me acompañe para no parquearnos ahí donde estaban los malandros. Le dije a Lina que ya volvía, que le cuide al hermanito, que le de uno de los cupcakes. Ella dijo “bueno, pero esperen que vaya al baño”, y se veía un poco nerviosa, pero eso es todo lo que puedo recordar de raro.
Por el tráfico regresé más de media hora después. Mi esposo se quedó en el gimnasio. No entré inmediatamente donde Lina. Primero saqué al perro al patio, luego corté unos pedazos de sandía y le brindé a mi hijo, que sí se había comido el cupcake. Le llevé un plato de sandía a ofrecerle a Lina y estaba la puerta cerrada con llave. De una me asusté, le grité desde afuera que me abriera, pero no hubo respuesta. Traté de abrir con las llaves que estaban ahí. Empujé un poco y ví que podría romperla, pero si ella estaba en la cama le hubiera caído encima, por eso salí y me dí la vuelta para ver por la ventana. Por la ventana le ví colgada de una gaveta que era encima del baño. Entré en modo salvataje.
Corrí lo más rápido que pude, pasé por la cocina cogiendo una tijera. Llegué al cuarto y empujé la puerta con fuerza que no tengo, hasta que se rompió. Prendí la luz, cogí la silla que estaba al lado, corté la bufanda de chifón con la que se colgó. Se desplomó y apenas le cogí. No había ninguna respuesta. Los ojos estaban cerrados. Ella estaba caliente. Empecé RCP. Grité al Tomás que me ayude, que le llame a la vecina, pero no me entendía, no entendía la importancia, ni sabía por dónde llamar a la vecina. Grité auxilio mientras daba el RCP. Con una mano llamé al 911. Ellos llamaron a la vecina. Seguí el RCP hasta que llegó la ambulancia, serían 40 minutos después, ya la vecina les abrió. Ella estuvo muerta todo el tiempo, nunca tuve ni un signo vital. No sé si hice bien o mal, en ese momento pensé que hice todo bien, pero creo que ya estaba muerta. Los de la ambulancia, tan tiernos, le dieron descargas y poco después me dijeron que ya estaba fallecida. Pude llorar un poco más al lado de ella, decirle que no me deje, que le amo. Pero no podía llorar tanto porque todavía estaba la adrenalina en mi cuerpo. Y luego comencé a llamar, a romper a cada uno de mis familiares. Más tarde llegó la policía al “levantamiento del cadáver en la escena del crimen”. Cuando se disipó la adrenalina pude ver que estaba viviendo mi peor pesadilla.

